METALLICA – ST. ANGER (2003)
El arte funge como un catalizador de emociones, aunque a veces,
estas se contrapongan sin que se deseé y, sin embargo, también es parte del
camino espinoso de la sanación personal. Inseguridades, miedos, rencores,
alegrías, euforia mal habida: el emparejamiento con ese lado oculto de la
psique, uno que no siempre podemos ver, pero aguarda el momento justo para
manifestarse, dejando a su paso un rastro derruido auspiciado por la ira.
Para Metallica, una de las agrupaciones de metal más
exitosas de todos los tiempos, sino la más “grande”, hacer frente a su lado
oscuro casi significó desaparecer por completo. Si bien durante los 80 su
ascenso fue meteórico a través de 4 álbumes de excelso poder y calidad, en los
90 obtuvieron el toque de Midas, con su Black Album (1991).
Sí, parecía que sus integrantes, el guitarrista y vocalista James
Hetfield, el baterista Lars Ulrich, el guitarrista Kirk Hammett y
el bajista Jason Newsted, tenían la vida realizada, gracias la
admiración de sus millones de fanáticos y el glamur envuelto con lustre
celofán, posicionándolos en un lugar privilegiado en el olimpo del estrellato
internacional; pero claro, todo el agotamiento y la poca empatía que lentamente
crecía entre ellos, implosionó en una serie de silenciosas desgracias: cuando
volvieron al estudio de grabación a principios de 2001, Newsted abandonó
su puesto argumentando diferencias que mermaban su estabilidad física y mental.
Este hecho detuvo el proceso creativo y de registro en primer lugar, y cuando
se reanudó unos meses después, cuando los tres miembros eternos convencieron a
su productor de cabecera (en aquel entonces) Bob Rock, de unírseles en
el bajo durante las grabaciones, fue Hetfield quien paró todo al
ingresar en un programa de rehabilitación para alcoholismo y otras adicciones
“no clarificadas”.
A su regreso, casi un año después, la banda transitó en un proceso ríspido que, sin desearlo por completo, alimentó la creación de su octavo álbum, y cuyo testimonio quedó para la posterioridad en el premiado documental Some Kind of Monster (dejándoles estupendos dividendos). Además, trajo consigo la incorporación del bajista más longevo en la trayectoria de la agrupación californiana: el inconmensurable Robert Trujillo.
St. Anger, publicado el 5 de junio de 2003, es la
eclosión de los demonios con los que arrastra el ser humano, una perturbadora
batalla que deja como secuela, la tortura macabra de vivir con el recuerdo de
todo ese enojo. Y bien, cuál fue el resultado de tanto sufrir, del esfuerzo que
requirió muchos meses y un alejamiento sonoro significativo con sus materiales
anteriores (y de hecho, con el resto total de su discografía), sino una entrega
sin pulir en la consola intencionalmente, temerosa e inconsistente, desprovista
de cualquier solo de guitarra, más influida por el caprichoso Nü-Metal que el
Thrash de antaño, dejando ver una especie bizarra de heavy metal que funciona
mejor en la cabeza del escucha conforme se le brinda más repasos.
Esta evolución a plenitud de crudeza, inicia rapaz con Frantic, una explosión de guitarras que rugen al unísono y como novedad, la batería de Ulrich sin ajustar, que pareciera estar matizada con hierro al rojo vivo, mientras el monstruo de la ira despierta mirando de frente la veloz autodestrucción del anónimo narrador posmoderno.
St. Anger ostenta una estructura más clarificada sin perder céntimo de voracidad y desenfreno, aquí Hetfield luce un estilo vocal novedoso y en forma, se le permite momentos de envoltura melódica a las guitarras mientras texturizan, junto al bajo, largas procesiones neblinosas de gruesos arrebatos, en tanto la batería cambia acelerada; sin duda, es apenas el pico de la ira que estalla y no permite remordimiento.
Some Kind Of Monster concatena arreglos progresivos de pasmosa rigidez marcial, los gruesos riffs ascendentes se recargan en los destellos melódicos del bajo y la batería que rebota salvaje, el monstruo deja libre su confusión al habitar un mundo que gira desigual, privilegiando a unos y demeritando a otros, y son estos últimos los que ansían revancha a través de la impureza.
Dirty Window ingresa como un golpe en la sien de tamborazos y riffs indisciplinados que pueden parecer chocantes, sin embargo, su impulso mecánico brinda el suficiente brío para sacar a flote la pieza, el arreglo vocal ayuda mucho y cuando este imprime la respectiva infección dramática (el narrador aumenta las apuestas autodenominándose jurado y ejecutor), su entretejido textural se sostiene exitosamente. Las fluidas inmersiones en Invisible Kid repercute con mucha mayor eficacia, denostando veloces riffs que crujen con gusto e hilvanan una portentosa pared de sonido, la sección rítmica tritura sus cambios de compás acomodándose quizá demasiado bien, al tiempo que las voces escupen un caótico relato de miseria e indiferencia; estos arreglos son probablemente, los más elegantes del plato.
My World asesta un interesante groove guitarrero, añadiendo ganchos que hunden las texturas en un remolino de golpes e intrincados ataques, remitiendo a la aridez de Helmet, ampliando el espectro con un voraz impulso vocal que experimenta y sale a flote. Shoot Me Again es un diamante en bruto, permitiéndose bajar la velocidad en favor del espesor de los riffs ásperos y el monolítico ascenso de texturas enrarecidas, las malevolentes voces de Hetfield y ese desprecio claustrofóbico tan envolvente y repetitivo, no cansa, pero tampoco aporta algo más allá de la autoagresión.
SweetAmber se motiva del constante martilleo de las percusiones y la brutalidad de los riffs, sin novedad en el frente, los fraseos pandilleros y las melodías ocultas dictan un mensaje tenebroso, mientras el corte sube y baja sin brindar respiro. The Unnamed Feeling es lo que podría interpretarse, como un “sustituto de balada”: avanzando lentamente para aderezar la narrativa desesperada, interrumpiéndose por las texturas salvajes de las guitarras y el embate a la batería de metal oxidado; este es otro interesante retrato de una psique a punto del colapso, imposibilitada de ponerle nombre a ese mal que poco a poco la consume.
Purify
acopla el ya reiterativo galope disonante con riffs contundentes, añadiendo
fuertes coros fuera de tono, sin embargo, la pieza se vuelve consistente a la
idea de una banda de garage tocando en circunstancias disimiles, implosionando
de la constante precariedad del mundo e imprimiendo una experiencia retorcida
que resulta cuando menos, indigesta para oídos alcahuetes. All Within My Hands
cierra el plato con un impresionante thrash mutante que podría generar
disgusto, ya que ingresa fuerte para volverse casi de inmediato, hacia un tempo
que se cuece despacio. Las guitarras se permiten juguetear antes de arrancarse
entre cacofonías perversas de riffs titánicos y vocales inmersas en el despecho
de la ira y los demonios que sangran por los ojos. Al permitirte comprender la
pieza, es plausible identificar la sensibilidad creativa vestida de bárbaro y
violento exorcismo, amplificando su perspicacia y justificando la producción
tan densa y poco pulcra: este es el momento definitivo donde Hetfield decide
matar al monstruo edificando en sus más de ocho minutos de duración, un crepúsculo
poderoso de amarga conclusión.
St. Anger es el álbum más extraño que Metallica jamás
concibió (y concebirá), el cual podemos reconocer como un amasijo de ideas tratándose
de acomodar lo mejor posible, mientras la pretensión musical encuentra su mejor
momento en su pobre tratamiento e intenciones ásperas, generando no pocas
imágenes de suma violencia y pesimismo. Es mejor tenerlo en cuenta como un
exitoso aparato de catarsis, que como la obra que marcó un regreso confuso y
lamentablemente desestimado.
Tracklist:
1.- Frantic
2.- St. Anger
3.- Some Kind of Monster
4.- Dirty Window
5.- Invisible Kid
6.- My World
7.- Shoot Me Again
8.- Sweet Amber
9.- The Unnamed Feeling
10.- Purify
11.- All Within My Hands

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