IBARAKI– RASHOMON (2022)
Hablar de música extrema, es soltarse a una historia fundamentada en el ímpetu del ser humano por manifestarse más allá de lo racional. Y como principal fuente de catarsis sonora, el heavy metal es la opción idónea para encerrar (o liberar) cúmulos catastróficos de rabia y frustración. Aun mejor cuando se mezclan con temas filosóficos, sociales e históricos, ahí la cosa se pone buena.
Matthew Kiichi Heafy labró su camino en la industria del metal con su banda Trivium a principios de los dos miles, ganando cierta relevancia por su mezcla de Metalcore melódico e imperioso Thrash; incluso, por ahí de 2006, tuvieron un pico de popularidad con su álbum The Crusade, con el cual se les llegó a nombrar como los sucesores de Metallica (estimación mediática destinada a no suceder). Sin embargo, la banda continúo lanzando álbumes y engrosando su sonido con elementos de heavy metal clásico e incluso, progresivos que los han acercado a instancias más artesanales.
Matt Heafy: el Ronin, el perpretador
El mismo Heafy ha mostrado ser un espíritu inquieto, una mente que continua trabajando en sus ratos libres, inaugurando diversos proyectos adicionales. Para uno de estos, contactó para trabajar codo a codo con uno de sus máximos ídolos musicales, el mismísimo Vegard Sverre Tveitan, ampliamente reconocido en el metal como Ihsahn, de la legendaria banda Emperor, precursores del Black Metal sinfónico.
Ihsahn: mente maestra, arquitecto del sonido...
Bajo la "tutela" de Ihsahn, Heafy fraguó una nueva y vigorosa identidad, acercándose a las raíces japonesas de las cuales desciende. La concepción de esta nueva música venía desde 2009, y gracias a la pandemia, finalmente se concretó. Su intención fue echar mano del black metal épico de antaño, así como elogiar en especifico la cultura japonesa feudal. Eso, más un pastiche en dosis meritorias, el acelere metalcore juvenil con estructuras progresivas para rellenar su propio extremismo sonoro.
Un filo, desafío que observa directamente el sol
Ibaraki, puede referir tanto a la prefectura feudal nipona con ese nombre, como a un demonio de leyendas; es punta de lanza para, esperemos, un proyecto altivo que pueda dejar marca propia en la historia del metal y su punta de lanza, Rashomon, editado el 6 de mayo de 2022, es un poderoso debut que bien merece una escucha concienzuda para gozar del abanico sonoro que posee, entre la magnificencia de las guitarras fúricas, y algunos instrumentos especiales para impregnar esa entidad japonesa en regla.
Este relato inicia con Hakanaki Hitsuzen (fragilidad necesaria) breve y melancólica, un ventarrón de alabanzas vocales con percusiones e instrumentos de viento. Kagutsuchi (el dios del fuego japonés) es un gozo de gigantescas baterías con blast beat divergentes, vocales bestiales intercalándose en el coro y una base melódica de power metal muscular.
Kagutsuchi
Ibaraki-Doji (niño demonio) arrebata con su monstruosa orquestación cual impenetrable muralla, mucha acción de guitarras y vocales angustiosas, temibles aunque triunfales; permitiendo ver, en una lograda sección media, la gloria en su arreglo de cuerdas, guitarras acústicas y coros cautivadores.
Jigoku Dayu es un corte por demás interesante, con su introducción acústica y narración lírica melancólica: la historia de una mujer obligada a prostituirse, llegando a ser conocida como "La cortesana del infierno". El cambio de dinámica explosivo recuerda un poco a Opeth, con su sinfonismo progresivo en el que se puede leer tanto a Rush como a Queen, en cuanto el fuego resurge, las texturas ríspidas cobran mayor relevancia y valía.
Jigoku Dayu
Tamashii no Houkai (colapso del alma) supura guitarras carbonizadas, blast beats de tornado y bajeo agresivo. Aunque caótica, también sugieren paisajes sonoros más costumbritas, y las vocales, escupidas como por una banshee, brindan contundencia en los medios tiempos incrustados. La mano de Ihsahn se nota más allá de la producción, encargándose del solo de guitarra, así como de algunos coros disfrazados.
Tamashii no Houkai
Akumu (pesadilla) nos trae al famoso Nergal (de Behemont) al micrófono con una parte de la letra traducida al polaco. La dinámica vertiginosa del black metal se funde entre las texturas, percusiones mecánicas y una mística japonesa con atmósferas de sintetizador, incorporadas cual suspiros endemoniados.
Akumu
Komorebi (luz solar filtrada a través de las hojas de los árboles) sucede un tanto más experimental, añadiendo sintetizadores, solos de guitarra circunspectos que extienden las armonías malevolentes, guturales y voces más ecuánimes, además del necesario intermedio orquestal, en una mixtura de black metal muy bueno, pero que a estas alturas ya no sorprende. La alucinante y épica Ronin presenta a Gerard Way (sí, el de My Chemical Romance) en un lucimiento oscuro y potente en el coro. La pieza se erige sinfónica y progresiva en regla: solos y teclados elegantes, blast beats colosales y pesadas progresiones.
Ronin
Susanoo no Mikoto (el dios japonés de la tormenta) representa una embestida de orquestación luminosa, coros melódicos, progresiones teatrales, guitarras de oscuridad superlativa y guturales que sobresalen en la tempestad de percusiones y bajeo metalizado. Kaizoku (Vikingo) nos despide en un amasijo divertido de acordeón, tambores circunspectos, vocales jazzeadas y fantasmales, junto a la promesa de encontrarnos nuevamente.
Ibaraki es parte de una escena progresiva y extrema que empata intenciones con Rivers Of Nihil, Gorija e incluso, con los mismos Trivium. Sin embargo, sobresale por su ímpetu creativo y frescura, esperemos contar con un nuevo trabajo en algún momento, mientras tanto, su leyenda está a salvo con Rashomon, y el raído caudal que la música permite experimentar.
Tracklist:
1.- Hakanaki Hitsuzen
2.- Kagutsuchi
3.- Ibaraki-Doji
4.- Jigoku Dayu
5.- Tamashii no Houkai
6.- Akumu
7.- Komorebi
8.- Ronin
9.- Susanoo no Mikoto
10.- Kaizoku
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